Los tambos en tiempos de los
incas que atravesaban el imperio
eran los lugares para descansar, hay muchos tambos desperdigados a lo
largo de los Andes y en el Ecuador hay un lugar que tomó El Tambo como nombre, 72
kilómetros al norte de Cuenca.
No había regresado al Tambo en muchos años, por eso tuve que dehacerme de los prejuicios de mis recuerdos porque actualmente
El Tambo es un lugar en pleno proceso de modernización, pujante, próspero y
bien atendido.
Restauraron la vieja estación de tren y pusieron en funcionamiento un moderno ferrocaril, restauraron la iglesia y las
casas más antiguas de su centro histórico, han construido una infraestructura deportiva
compuesta de estadio, canchas sintéticas y con cubierta,
canchas de basket, coliseo. Tienen academias de fútbol y hacen bailoterapia Ni que decir de las calles y las carreteras en buen
estado, El Tambo es un cantón de
la provincia del Cañar, asentado en un lugar espléndido en medio de enormes montañas, desde donde puede
distinguirse la belleza del sol que inunda la costa al caer la tarde.
La belleza de El Tambo no es sólo
paisajística, es también humana y es que este es uno de los pueblos
ecuatorianos donde la interculturalidad es una realidad, un objetivo y proceso
de aprendizaje.
Pueblo de migrantes, lleno de
casas grandes, de casas nuevas, de
campos que se iluminan con el maíz y el trigo, de vientos fuertes que ocultan
las notas tristes de la gente que se tuvo que ir al norte en busca de una mejor
vida. Hoy al menos se discute si la mejor vida es la de allá o es la de acá
porque la plata que viene del norte está acompañada de dolor y de tristezas, de
familias rotas, de mujeres solas, de hijos sin padres, de jóvenes sin rumbo. Tras tres décadas de migración esta se
nota fuerte.
El Tambo tiene alrededor de diez
mil habitantes, entre ellos su joven alcalde, que curiosamente tiene un nombre
clave en la política ecuatoriana, también se llama Rafael. El alcalde tiene
claro que el progreso se gesta en el bienestar común y en la necesidad de
cambiar los puntos de vista; y es que lugares como este, que siempre fueron la
muestra del abandono, del olvido, de la discriminación, hoy son espléndidos
escenarios para encontrar a un nuevo Ecuador, moderno, incluyente, laborioso, y
con una sana y justa demanda por vivir bien, por vivir mejor.
En este pueblo ubicado al pie de las emblemáticas ruinas
de Ingapirca, viajamos junto a cuarenta lideres indígenas, hicimos la ruta
en tren hacia las ruinas de Coyoctor, escuchamos al guía local contarnos la historia de
los incas, del pueblo cañari, de esas ruinas y de la recuperación del
ferrocarril.
Un lindo viaje de feriado o de
fin de semana para cualquier habitante de la urbe ecuatoriana, pero del cual
termino conmovido cuando me entero que esa era la primera ocasión, LA PRIMERA
en la cual los indígenas se subían al ferrocarril y visitaban -por primera vez también- esas ruinas forjadas por sus ancestros, en una ocasión en la cuál eran los invitados de honor. Este es el país que a mi me gusta.