lunes, 9 de septiembre de 2013

Un Tambo en el camino


Los tambos en tiempos de los incas que atravesaban el imperio  eran los lugares para descansar, hay muchos tambos desperdigados a lo largo de los Andes y en el Ecuador hay un lugar que tomó El Tambo como nombre, 72 kilómetros  al norte de Cuenca.
 No había regresado al Tambo en muchos años, por eso tuve que dehacerme de los prejuicios de mis recuerdos porque actualmente El Tambo es un lugar en pleno proceso de modernización, pujante, próspero y bien atendido.
Restauraron la vieja estación de tren y pusieron en funcionamiento un moderno ferrocaril, restauraron la iglesia y las casas más antiguas de su centro histórico, han construido una infraestructura deportiva compuesta de estadio, canchas sintéticas y con cubierta, canchas de basket, coliseo. Tienen academias de fútbol y hacen bailoterapia Ni que decir de las calles y las carreteras en buen estado, El Tambo  es un cantón de la provincia del Cañar, asentado en un lugar espléndido en medio de  enormes montañas, desde donde puede distinguirse la belleza del sol que inunda la costa al caer la tarde.
La belleza de El Tambo no es sólo paisajística, es también humana y es que este es uno de los pueblos ecuatorianos donde la interculturalidad es una realidad, un objetivo y proceso de aprendizaje.
Pueblo de migrantes, lleno de casas grandes, de casas nuevas,  de campos que se iluminan con el maíz y el trigo, de vientos fuertes que ocultan las notas tristes de la gente que se tuvo que ir al norte en busca de una mejor vida. Hoy al menos se discute si la mejor vida es la de allá o es la de acá porque la plata que viene del norte está acompañada de dolor y de tristezas, de familias rotas, de mujeres solas, de hijos sin padres, de jóvenes sin rumbo.  Tras tres décadas de migración esta se nota fuerte.
El Tambo tiene alrededor de diez mil habitantes, entre ellos su joven alcalde, que curiosamente tiene un nombre clave en la política ecuatoriana, también se llama Rafael. El alcalde tiene claro que el progreso se gesta en el bienestar común y en la necesidad de cambiar los puntos de vista; y es que lugares como este, que siempre fueron la muestra del abandono, del olvido, de la discriminación, hoy son espléndidos escenarios para encontrar a un nuevo Ecuador, moderno, incluyente, laborioso, y con una sana y justa demanda por vivir bien, por vivir mejor.
En este pueblo  ubicado al pie de las emblemáticas ruinas de Ingapirca, viajamos junto a cuarenta lideres indígenas, hicimos la ruta en tren hacia las ruinas de Coyoctor, escuchamos al guía local contarnos la historia de los incas, del pueblo cañari, de esas ruinas y de la recuperación del ferrocarril.
Un lindo viaje de feriado o de fin de semana para cualquier habitante de la urbe ecuatoriana, pero del cual termino conmovido cuando me entero que esa era la primera ocasión, LA PRIMERA en la cual los indígenas se subían al ferrocarril y  visitaban -por primera vez también- esas ruinas forjadas por sus ancestros, en una ocasión en la cuál eran los invitados de honor. Este es el país que a mi me gusta.