domingo, 5 de abril de 2020

5 de abril de 1920, El Centenario del Bicentenario


LA REBELIÓN INDÍGENA



Sobre los sucesos ocurridos en 1920, poco se ha escrito y  profundizado y casi no existen imágenes que nos remitan a lo acontecido.  Sin enunciarlo abiertamente, es como si la sociedad cuencana hubiese decidido olvidar estos hechos, activar esa parte de la memoria que es la capacidad de eliminar los recuerdos, quizás porque estos sucesos protagonizados por los indígenas no se acoplan a los cánones establecidos como la identidad cuencana; “…Quizás sea, como ya se ha dicho, que la memoria indefectiblemente nos remita a la identidad y que ambas se sustenten de manera recíproca, como alegaba Elie Wiesel”.   Aunque hay algunos datos importantes, como los referidos por la historiadora Ana Luz Borrero:  “Al grito de “sal o sangre” los indígenas se tomaron Cuenca en 1925, años antes habían protestado porque se pretendió que pagaran con sus impuestos la celebración  del Centenario de la Independencia, ahora clamaban por sal…”



Imbuidos como estaban con el esplendor de la Belle Epoque, los cuencanos acomodados de esa época, no se afectaron mayormente  cuando vieron que debido a la I Guerra Mundial, hubo una merma en las ventas del sombrero de paja toquilla, así como algunos años de baja producción agrícola provocada por factores ambientales; y estando próximos a celebrar el primer centenario de independencia, su prioridad era la celebración; por eso “pidieron que los campesinos contribuyeran con su mano de obra, a través de mingas organizadas por los tenientes políticos, sino que también (decretaron que) a través de impuestos deberían pagar los costos de la fiesta, así es que se había elevado el impuesto al aguardiente y otros”.   La reacción indígena y campesina fue casi inmediata, en marzo y abril empiezan a tomarse algunos puntos alrededor de Cuenca, lo cual desemboca de manera dramática cuando “…para el 4 de abril, unos 5000 indígenas se reúnen en el Tablón de Ricaurte, que deciden avanzar contra Cuenca y las autoridades, algunas noticias de la época hablan de unos 10.000 a 12.000 indígenas. El Diario “El Progreso” publica los nombres de los cabecillas de las huelgas, algunos de ellos con sus mujeres, que también incitaban a la huelga”.



Los indígenas no iban armados, apenas si blandían algunos instrumentos de trabajo de sus faena diaria, cuchillos y pedazos de madera tallados en forma de lanzas, mientras que los cuencanos del centro eran quienes disparaban y se apertrechaban como si fueran a una guerra; sin embargo, el relato periodístico de  El Progreso”, que expresaba la manera de sentir de los cuencanos de esa época,  nos remite a una cobertura marcada por un discurso de superioridad y benevolencia hacia los indios. El periódico además se declara como abanderado de la “prensa católica de Cuenca” y defensor de la religión y la voluntad divina; en clara oposición a la “maledicencia y maldad de los liberales”.   


sábado, 4 de abril de 2020

El Centenario del Bicentenario



Como bien lo señalara Slavoj Zizek: "Todos somos hoy Julian Assange, encerrados y sin visitas". De los sucesos que ocurran en estos días ya habrá quien se ocupe, en lo comunicacional y esperamos que también en otros ámbitos.
Ahora, vamos a compartir parte de una investigación que emprendimos en la Maestría de Fotografía de la Universidad de las Artes, la cual iba a ser inaugurada en estos días en la Casa de la Provincia del Azuay.
Se trata del CENTENARIO DEL BICENTENARIO, porque justamente en el mes de abril de 1920, miles de indígenas se rebelaron contra la injusticia que pesaba sobre ellos, entre otras el pago de impuestos por la luz eléctrica, de la cual no eran usuarios porque esta únicamente funcionaba en las lujosas casas del centro histórico de Cuenca.
Mucha gente confunde este suceso con el de la Huelga de la Sal, ocurrido en 1925 y es que el PRIMER LEVANTAMIENTO INDÍGENA DE CUENCA ha sido invisibilizado y no ha se ha estudiado la verdadera dimensión que tiene en la construcción de la sociedad cuencana de 1920 y en los alcances que tiene hasta nuestros días.
En 1920, las parroquias rurales quedaban al menos, a un día de distancia de camino; Cuenca era una Arcadia andina - olvidada y aislada del mundo- un Macondo que ya había desaparecido muchas veces, pero con la fuerza suficiente como para volver a inventarse.



EL CENTENARIO DEL BICENTENARIO - DÍA 2
La Belle Epoque Cuencana corresponde al periodo cuando la Modernidad llegó al Ecuador. El año de 1900 no solo marcó una nueva temporalidad sino que nos incorporó a un mundo que se decantaba hacia la razón por encima de los sentimientos, en medio de una renovación tecnológica que implicaba la adopción de una vida citadina, urbana, industrial. Corresponden a este tiempo las primeras carreteras, los primeros autos, las moviolas, el cine, los aviones, los edificios de cemento armado y en el caso cuencano una pequeña industria en torno a la manufactura de la paja toquilla, lo cual permitirá un desarrollo económico que transforma a Cuenca y permite que se levante la ciudad que será reconocida como Patrimonio Cultural de la Humanidad, por la UNESCO, en 1999.
Ese impulso económico, tecnológico y anímico ocurría en una sociedad que miraba ilusionada al siglo XX pero que seguía anclada a un modelo de vida propio del siglo XVII y no daba paso a las necesarias transformaciones sociales ocurridas en otros lugares del mundo. Mucho tuvo que ver en eso el “aislamiento natural” que la caracterizaba; el relato de Gonzalo Zaldumbide cuando visita Cuenca en 1928 para asistir, como invitado de honor, al Festival de la Lira resulta estremecedor y esclarecedor sobre la vida de ese entonces: “Y es que solo a la jineta y tras agobiantes jornadas por tortuosos senderos de herradura podía entonces llegarse a la capital del Azuay ya que ni las carreteras, ni las líneas férreas, peor los caminos del cielo se habían abierto todavía para llegar a ella”.

Esa incomunicación propició un sistema privilegiado por una parte, sustentado en un discurso y pensamiento “de avanzada”; mientras que por otra parte ese apartamiento de lo que ocurría en el resto del país y en el mundo generó una visión arraigada en el “patriarcalismo, religión de la familia y la familia como religión, trabajo hereditario (el del esclavista y el del esclavo), mundo rígidamente valorizado y jerarquizado, señorío y gañanía, moral inexorable”.
Los elementos de la vida cotidiana de la pequeña urbe, entre ellas la economía, el arte y la política se explican “en gran parte, como una tarea culta fruto del ocio de la clase terrateniente. El señor hacendado vivía exclusivamente del producto de su hacienda; allá acudía solamente dos veces al año, para la siembra y para la cosecha….Para el ocio quedaban muchos días que, aquí también, eran “los más del año”, y así, mientras a casa llegaban cargamentos de frutos de la tierra que a espaldas de dóciles huasicamas eran transportados, se quemaban abundantes horas en la lectura morosa, en la escritura, en el sueño, en la bohemia, en la chacota erudita, en el diletantismo literario, en fin, en las tertulias cultas a la orilla de los ríos (“Fiesta de la Lira”). El saber literario –mencionado entonces por sus sabidores como gaya ciencia- se había convertido en un distinto de clase superior”.
La explotación laboral, la manipulación de y por la religión, más la ausencia de elementales derechos del ser humano; temas que estaban en debate y disputa en todo el mundo, continuaron existiendo en la colonial y retraída ciudad de Cuenca de inicios del siglo XX, dando paso a uno de los peores y absurdos sistemas sociales, manejado por una élite que confeccionó un mundo del tamaño de sus viejas costumbres y prejuicios, que en campos como el de la poesía y la literatura marcó “una expresión que de tan manida llevó a sus cultores a un infecundo estereotipo, a una retórica de cliché”.

La imagen que acompaña esta nota, es un facsimil de El Progreso, del día 2 de abril de 1920, en el cual se titula a los sucesos ocurridos como "La Sublevación de los indios".