sábado, 4 de abril de 2020

El Centenario del Bicentenario



Como bien lo señalara Slavoj Zizek: "Todos somos hoy Julian Assange, encerrados y sin visitas". De los sucesos que ocurran en estos días ya habrá quien se ocupe, en lo comunicacional y esperamos que también en otros ámbitos.
Ahora, vamos a compartir parte de una investigación que emprendimos en la Maestría de Fotografía de la Universidad de las Artes, la cual iba a ser inaugurada en estos días en la Casa de la Provincia del Azuay.
Se trata del CENTENARIO DEL BICENTENARIO, porque justamente en el mes de abril de 1920, miles de indígenas se rebelaron contra la injusticia que pesaba sobre ellos, entre otras el pago de impuestos por la luz eléctrica, de la cual no eran usuarios porque esta únicamente funcionaba en las lujosas casas del centro histórico de Cuenca.
Mucha gente confunde este suceso con el de la Huelga de la Sal, ocurrido en 1925 y es que el PRIMER LEVANTAMIENTO INDÍGENA DE CUENCA ha sido invisibilizado y no ha se ha estudiado la verdadera dimensión que tiene en la construcción de la sociedad cuencana de 1920 y en los alcances que tiene hasta nuestros días.
En 1920, las parroquias rurales quedaban al menos, a un día de distancia de camino; Cuenca era una Arcadia andina - olvidada y aislada del mundo- un Macondo que ya había desaparecido muchas veces, pero con la fuerza suficiente como para volver a inventarse.



EL CENTENARIO DEL BICENTENARIO - DÍA 2
La Belle Epoque Cuencana corresponde al periodo cuando la Modernidad llegó al Ecuador. El año de 1900 no solo marcó una nueva temporalidad sino que nos incorporó a un mundo que se decantaba hacia la razón por encima de los sentimientos, en medio de una renovación tecnológica que implicaba la adopción de una vida citadina, urbana, industrial. Corresponden a este tiempo las primeras carreteras, los primeros autos, las moviolas, el cine, los aviones, los edificios de cemento armado y en el caso cuencano una pequeña industria en torno a la manufactura de la paja toquilla, lo cual permitirá un desarrollo económico que transforma a Cuenca y permite que se levante la ciudad que será reconocida como Patrimonio Cultural de la Humanidad, por la UNESCO, en 1999.
Ese impulso económico, tecnológico y anímico ocurría en una sociedad que miraba ilusionada al siglo XX pero que seguía anclada a un modelo de vida propio del siglo XVII y no daba paso a las necesarias transformaciones sociales ocurridas en otros lugares del mundo. Mucho tuvo que ver en eso el “aislamiento natural” que la caracterizaba; el relato de Gonzalo Zaldumbide cuando visita Cuenca en 1928 para asistir, como invitado de honor, al Festival de la Lira resulta estremecedor y esclarecedor sobre la vida de ese entonces: “Y es que solo a la jineta y tras agobiantes jornadas por tortuosos senderos de herradura podía entonces llegarse a la capital del Azuay ya que ni las carreteras, ni las líneas férreas, peor los caminos del cielo se habían abierto todavía para llegar a ella”.

Esa incomunicación propició un sistema privilegiado por una parte, sustentado en un discurso y pensamiento “de avanzada”; mientras que por otra parte ese apartamiento de lo que ocurría en el resto del país y en el mundo generó una visión arraigada en el “patriarcalismo, religión de la familia y la familia como religión, trabajo hereditario (el del esclavista y el del esclavo), mundo rígidamente valorizado y jerarquizado, señorío y gañanía, moral inexorable”.
Los elementos de la vida cotidiana de la pequeña urbe, entre ellas la economía, el arte y la política se explican “en gran parte, como una tarea culta fruto del ocio de la clase terrateniente. El señor hacendado vivía exclusivamente del producto de su hacienda; allá acudía solamente dos veces al año, para la siembra y para la cosecha….Para el ocio quedaban muchos días que, aquí también, eran “los más del año”, y así, mientras a casa llegaban cargamentos de frutos de la tierra que a espaldas de dóciles huasicamas eran transportados, se quemaban abundantes horas en la lectura morosa, en la escritura, en el sueño, en la bohemia, en la chacota erudita, en el diletantismo literario, en fin, en las tertulias cultas a la orilla de los ríos (“Fiesta de la Lira”). El saber literario –mencionado entonces por sus sabidores como gaya ciencia- se había convertido en un distinto de clase superior”.
La explotación laboral, la manipulación de y por la religión, más la ausencia de elementales derechos del ser humano; temas que estaban en debate y disputa en todo el mundo, continuaron existiendo en la colonial y retraída ciudad de Cuenca de inicios del siglo XX, dando paso a uno de los peores y absurdos sistemas sociales, manejado por una élite que confeccionó un mundo del tamaño de sus viejas costumbres y prejuicios, que en campos como el de la poesía y la literatura marcó “una expresión que de tan manida llevó a sus cultores a un infecundo estereotipo, a una retórica de cliché”.

La imagen que acompaña esta nota, es un facsimil de El Progreso, del día 2 de abril de 1920, en el cual se titula a los sucesos ocurridos como "La Sublevación de los indios".

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