Estoy leyendo EL TRIUNFO DE LAS
CIUDADES de Edward Glaeser, profesor de economía de Harvard, el libro es una
investigación que plantea “Cómo nuestra creación nos hace más ricos, más inteligentes,
más ecológicos, más sanos y más felices”, tomando en consideración que nuestra
creación son las ciudades en las que vivimos.
Es fantástico entender como
funcionan las ciudades, cómo se transforman y cómo unas se impulsan solas
mientras otras se debilitan y se extinguen, bastante lógico es suponer que
mientras más grande y reflexiva es una ciudad, hay mayores posibilidades de
encontrar mejores opciones de vida.
La gente que llega a, o pasa por,
Cuenca coincide en que esta es una ciudad para vivir a gusto; largo sería
enumerar las virtudes que en ella se encuentran, y muy concreto –y fácil-
ubicar los problemas que la afectan; sin embargo, en estos días hemos visto con
sorpresa como esta ciudad se conmocionó por algo que para nada contribuye para su
superación: el oportunismo, y las conveniencias del poder.
Sin la lucidez y la picardía de un
Abdalá Bucaram, aunque queriendo imitar su estilo, el actual prefecto lanzó por
las ondas radiales un plato lleno de mierda (disculpen si les molesta, pero no existe
otra palabra mejor para describir lo que dijo) a quienes el considera los
causantes de su incómoda situación política; lo que menos entiende el prefecto
es que lo que le está pasando se debe más a sus propios errores que a un
supuesto complot para alejarlo del poder.
Y de ahí pasamos a la inmediata respuesta
del hasta hace poco controlado y diplomático alcalde de Cuenca, quien en un
momento de indignación decidió
rebatir los insultos; lastimosamente, ese momento culmen para cualquier
político se vio empañado por supuestos seguidores del mismo alcalde; y digo
supuestos porque si se había convocado a los periodistas para una rueda de
prensa ¿quién incitaba a los seguidores a agraviar a esa misma prensa?
Entonces, lo que hasta ese
momento había sido una discrepancia política entre enemigos íntimos, se
convirtió en el merequetengue del momento, debido a que por obra y gracia de
Fuenteovejuna, el Alcalde de
Cuenca pasó a ser enemigo y perseguidor de los periodistas y los medios. ¿Habrá
alguien que crea que eso puede ser cierto?
Nadie, ningún periodista, ha
opinado sobre el verdadero origen que ha dado pie a su manifiesto mediático de
“indignación y protesta”: la
procacidad y bajeza con la cuál el prefecto habló en su programa radial. Nadie.
Defendemos el hecho que ningún
periodista pueda ser ofendido por un militante político; pero de igual manera
que ningún político deba tener patente de corso para obrar mediante acciones
nocivas que deterioren la convivencia, el respeto al trabajo y a la dignidad ajena.
Ahora, un sector de la prensa
local es protagonista de un conflicto político, aunque omitiendo
el verdadero origen de esta situación; para enfocarse en el reclamo ante una “justa
posición que intenta parar el insulto y el agravio que quiere ser instituido en
esta ciudad” ¿Insulto? Agravio? Vale preguntarse: ¿De quién? Hacia quién? Alguien
ha intentado señalar por qué empezó esto?
No he sido testigo directo de lo
ocurrido, pero me parece que entre los periodistas y los dirigentes barriales
es la primera ocasión en la cuál ocurre un incidente de esta naturaleza. Las
disculpas emitidas por la dirigencia barrial dan fe de la capacidad de reflexión
que existe en nuestra ciudad, y el reconocer que lo ocurrido fue un error debería provocar que los ánimos se calmen y se prosiga en el análisis y la sanción al verdadero causante de todo esto.
Sin duda los shows mediáticos tienen
su atractivo; lastimosamente no podemos vivir de ellos, salvo que queramos una
ciudad donde importen más la fiesta y el show antes que una verdadera generación
de riqueza, de mejorar la educación, la vialidad, el trabajo, y sobre todo de hacer
que Cuenca alcance la dimensión de una ciudad donde sea posible encontrar
mayores posibilidades y mejores opciones de vida.
La dirigencia barrial se ha
disculpado con los periodistas por el exabrupto, el alcalde ha salido a
declarar que no volverá a responder a ofensas e insultos. Aquí termina la reflexión
y empiezan las omisiones y los silencios, porque de seguro nadie más se disculpará.
Patricio Montaleza
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